ALEJO STIVEL: “El eslabón perdido del rock argentino”

Texto: Pilar Muñoz - Fotos: Tamara Rajmilevich.

Una tarde de marzo, Alejo Stivel –vocalista del mítico grupo de rock and roll español Tequila y exitoso productor discográfico- recibió en Madrid a Revista FlipAr. Antes de volver a la carretera con el “Adiós Tequila! Tour”, el músico argentino rememoró su infancia en el Buenos Aires de los sesenta al lado de grandes exponentes de la cultura, la dictadura militar de 1976 que lo hizo exiliarse en la España post-franquista, y su repentina fama con Tequila. Habló, además, de su experiencia como productor discográfico de artistas como Sabina, de su carrera solista, de su trabajo junto a Miss Bolivia y de temas de actualidad como la lucha feminista.

Texto: Pilar Muñoz
Fotos: Tamara Rajmilevich

“En mi casa todas las noches había gente”, cuenta Alejo Stivel con tono pausado, sin sobresaltos, medio desparramado en un sillón, y agrega: “Mi vieja era amiga de todo el mundo”. Hijo de la actriz argentina Zulema Katz, creció rodeado de actores y directores teatrales, pero también de escritores, periodistas y hasta de algún músico que se colaba en las reuniones.

En su hogar cada tanto había visitas del exitoso saxofonista “Gato” Barbieri o del popular cantautor Facundo Cabral a quien, recuerda, en una oportunidad su madre grabó mientras zapaba y cantaba sus canciones, en una cinta que durante mucho tiempo estuvo dando vueltas por su casa. Sin embargo, los que eran “amigos, amigos”, que estaban casi full time, eran el “Tata” Cedrón, Susana Rinaldi y la cantautora María Elena Walsh, que para él era como una tía y en sus cumpleaños le hacía los mejores regalos.

Así, de pequeño Alejo se acostumbró a tratar con la bohemia artística e intelectual, gracias a esa madre sociable pero también a sus dos padres: el biológico, David Stivel –productor y director de cine-, y el del corazón, Francisco “Paco” Urondo –periodista comprometido en la lucha armada contra la dictadura militar-, con quien su madre rehízo su vida.

—Creciste cerca de exponentes de la música popular, del tango y del jazz. ¿Cómo llegó el rock a tu vida?

—Para un cumpleaños mi mamá me regaló Please Please Me (1963) de los Beatles. En Argentina le habían puesto «por favor yo» y estuve años tratando de entender qué quería decir, hasta que aprendí inglés y dije «quién fue el hdp que lo tradujo». No sé si sería la censura, pero era muy retorcido. Al año siguiente me regaló Between the Buttons (1967) de los Rolling Stones, con lo cual ya me inoculó un poco el veneno desde chiquito.

—¿Cuáles recordás como tus primeros conciertos de rock?

A los ocho años estábamos en Mar del Plata y acompañé a mi mamá al camerino de Elsa Berenguer, una amiga suya que hacía una obra de Oscar Viale en el Teatro de la Comedia Marplatense. Cuando llegamos escuché música y ella me explicó que antes tocaba un grupo. Fui y me senté. Después me di cuenta de que ese grupo era Manal: la policía había cerrado el boliche donde tocaban todos los del sello Mandioca, entonces habían pasado los conciertos a esa sala, cuya capacidad era para doscientas personas. Había cuarenta. 

Un amigo dice que soy el eslabón perdido del rock nacional porque, salvo cuatro gatos locos, en Argentina nadie sabe quién soy, pero estuve ahí desde los orígenes. 

—Osea que esas vacaciones de alguna manera te marcaron…

Sí. También estaba mi viejo haciendo temporada con su grupo de teatro y ahí estaba un personaje que fue influyente en toda mi conexión con la música, la actriz Marilina Ross, que me llevó a ver a Arco Iris en el Teatro Provincial y a Vox Dei en el Hermitage. Más adelante, a los trece, fuimos a un concierto de Pedro y Pablo en el salón de actos del colegio Lasalle, que tuvo Sui Géneris de teloneros. El grupo todavía no había sacado su primer disco y nadie sabía quiénes eran, pero al año siguiente ya fui a verlo al Ópera. Un publicista argentino amigo mío dice que yo soy el eslabón perdido del rock nacional porque, salvo cuatro gatos locos, en Argentina nadie sabe quién soy, pero estuve ahí desde los orígenes del rock argentino. 

—¿Y qué importancia tuvo el rock argentino en tu vida?

—En los sesenta y setenta nadie iba a tocar a Argentina y era muy difícil estar al tanto de todo lo que ocurría. Yo me acuerdo que les hacía listas a los amigos de mis padres, que viajaban a Nueva York o a Londres, con los discos que no conseguía. Sin embargo, ese aislamiento funcionó como un pro total, hizo que la música de allí casi no estuviera contaminada por la de afuera. Obviamente llegaban los Stones, Zeppelin o Hendrix, pero la influencia no era tan grande, por eso salieron Spinetta, Manal o Vox Dei, cosas completamente diferentes a lo que se hacía en el mundo. Para mí era tan importante Lennon, McCartney, Dylan, Jagger y Richards como Luis Alberto Spinetta o Charly García.

En los setenta, el cantante de protesta español Paco Ibáñez tenía una fuerte presencia en Argentina y llenaba el Teatro Coliseo en cada una de sus presentaciones. Uno de esos shows, en el que Alejo acompañó a su madre, marcaría su futuro. Zulema se encontró con su amiga Dina Rot, que llevaba a sus hijos Ariel y Cecilia, y propuso: “Vayan ustedes juntos, nos vemos al final del concierto”. Los chicos no dudaron en intercambiar las entradas.

Así fue cómo surgió la amistad de Alejo con Ariel Rot, su futuro compañero de Tequila, quien era hijo de Abrasha Rotenberg, uno de los socios fundadores del diario La Opinión, donde trabajaba su papá Paco. “Íbamos a la redacción a hincharles las pelotas a los periodistas, probablemente el mejor plantel de la historia argentina”, asegura, y menciona a Juan Gelman, a Horacio Verbitsky y a Miguel Bonasso, entre otros.

Con el golpe militar de 1976 y apenas 17 años, él y su madre se vieron obligados a dejar el país y se mudaron a Madrid, donde Alejo reharía su vida y escribiría un capítulo importantísimo para el rock español. La familia de Ariel hizo lo mismo, con apenas quince días de diferencia. El lugar de acogida sería la tierra prometida en la que el destino o vaya a saber qué dios rockero les compensaría los momentos de dolor con un gran futuro musical, una especie de bálsamo que les ayudó a sobrellevar y a curar la herida del exilio.

—¿En Argentina ya habían hecho alguna incursión en la música?

—Teníamos un proyecto, una especie de grupete medio absurdo con una chica que tocaba la batería y un chico en el bajo. Era cero profesional pero ya teníamos canciones propias, te diría que casi para un disco. Sin saber cómo era aquí, cuando llegamos a España dijimos: «Vamos a montar la banda en plan profesional y nos vamos a comer todo». El mercado estaba copado por la canción melódica, romántica, Camilo Sesto y ese tipo de música. 

En Argentina probablemente no habríamos triunfado, en esa época había mucha fusión, jazz rock, toda música muy elaborada…

—Te fuiste de una Argentina golpeada por la dictadura de Videla y llegaste a una España en plena Transición. ¿Cómo encontraste el ambiente en Madrid? ¿Qué pensás que habría pasado si se hubiesen quedado en Buenos Aires?

—Aquí en Madrid era todo muy gris pero se veía la luz al final del camino y cada vez nos íbamos acercando más. Nosotros fuimos la banda sonora de ese pasaje hacia el color; así nos definió Diego Manrique, el periodista de rock más importante de aquí: «España era en blanco y negro, y Tequila le puso color». La ropa, las tapas, la puesta en escena… La gente veía nuestra imagen y decía: «Wow, qué divertido». Antes los grupos tocaban sentados y vestidos de oscuro. En Argentina probablemente no habríamos triunfado, en esa época había mucha fusión, jazz rock, toda música muy elaborada… No era rock and roll. Quizás hubiésemos roto lo que había, como pasó aquí, pero nunca se sabrá.

 —¿Cómo fue ser inmigrante en esa época?

—Yo personalmente nunca noté, nunca nadie me hizo notar, que era extranjero. Todo lo contrario: ser argentino era como un plus, lo que notaba era curiosidad. Pero también creo que muchos de los que venían a los conciertos y compraban los discos ni se daban cuenta de que éramos argentinos; en las canciones no se apreciaba tanto el acento. A pesar de que artísticamente era algo importante, a la hora de la comunicación era algo secundario. Tequila era un grupo español.

—¿Y qué le aportó a la banda el hecho de tener dos integrantes argentinos?

—Nosotros vinimos a España con toda la cultura del rock argentino y su influencia fue un plus gigantesco, aquí sacábamos una ventaja de muchos cuerpos. No hubiese podido existir un grupo como Tequila sólo de españoles, aunque España influyó muchísimo en que la banda cuajara, se desarrollara y triunfara, con un entorno que nos empujó y nos potenció. Fue todo una alquimia, una especie de magia que se tenía que dar. 

—Ustedes fueron previos a La Movida Madrileña y en alguna entrevista has dicho que ellos consideraban a Tequila como parte del establishment

Ellos tocaban mal, si tocabas bien ya eras un músico conservador. Había que tocar mal porque era la época del new wave, del punk. Lo que ellos decían de que éramos el establishment yo nunca me lo creí, nosotros abrimos mucho el camino para que eso pudiera ocurrir y funcionara. Mucha gente descubrió el rock con Tequila, más tarde grupos como Pereza nos veían a nosotros y decían «qué bueno, quiero hacer esto».

Tras la disolución de Tequila en 1983, Stivel se mantuvo casi tres décadas apartado de los escenarios, pero no por eso alejado de la música. Después de las giras, de los excesos y de todo el torbellino que significó el estrellato, decidió correrse del centro por un tiempo para aportar su experiencia y conocimientos a otros músicos.

Así fue como se convirtió en un exitoso productor discográfico, que hoy lleva más de doscientos álbumes producidos, entre los que se destacan los de Joaquín Sabina, Los Ronaldos, M-Clan, La Oreja de Van Gogh y El Canto del Loco.

Si bien sostiene que aún le faltaría trabajar con Joan Manuel Serrat para terminar de cumplir sus expectativas como productor, hoy Alejo admite que “después de producir doscientos discos digamos que te quedan muy pocas ganas de seguir produciendo, salvo que sea algo muy interesante”. 

—¿Qué disco recordás con especial cariño?

Recuerdo especialmente Usar y Tirar (1999) de M-Clan, por todo lo que significó. Ellos son amigos muy cercanos, Carlos (Tarque) es como mi hermano, y la experiencia fue fabulosa. Venían de dos discos sin vender nada y era un álbum donde se ponía en cuestión la supervivencia del proyecto. Los anteriores habían sido grabados en Toronto y en Memphis con productores americanos, imaginate lo que costó… En este hubo la mitad de presupuesto, de hecho la broma era «vamos a grabar ese disco que nunca será editado». Estuve como un año retocando las canciones y cambiándole la manera de cantar a Carlos. Si hubiese sido un fracaso me habrían matado, pero pasaron de vender cinco mil discos a vender doscientos mil. 

—¿Y cómo fue tu experiencia con Sabina?

Suena un poco petulante, pero hay discos de Sabina en los que no le cambié la forma de cantar pero sí la manera de grabar su voz. Antes le tomaban la voz de otra manera, le ponían unos efectos y le hacían todo un trabajo que no tenía que ver con él. Un día estábamos ahí tirados y le dije: “Oye, ¿por qué no grabas así? El próximo disco cántalo como estás cantando ahora». Me respondió: «Prodúcemelo tú entonces”. Obviamente yo no le cambié la manera de cantar;  él cantaba así, pero en su casa. Yo le cambié la manera de cómo se lo dejaba expresar. Y también le hice tocar la guitarra en el álbum, algo que él nunca había hecho porque sus dos productores eran guitarristas. 

No hay mejor ego controller que ser productor: estás al servicio de un artista, que es el que tiene autorización para el ego.

—Cuando producís un disco, ¿la satisfacción del trabajo terminado es la misma, aunque no lleve tu nombre en la portada?

No es exactamente la misma, pero no por una cuestión de ego. No hay mejor ego controller que ser productor: estás al servicio de un artista, que es el que en ese proyecto tiene autorización para el ego. Yo me he entregado muchísimo en muchas de las producciones que hice y algunos discos los considero tan míos como de los artistas porque durante meses dejé la piel, pero no es lo mismo que si tú estás cantando canciones tuyas. Ya cantar es una implicación emocional muy grande, y si encima son letras y melodías tuyas… 

“Era una locura, no paraba ni sábados ni domingos, no tenía vacaciones ni nada”, admite Stivel que se tomó muy en serio su nueva faceta y llegó a producir hasta quince álbumes por año, y exhorta: “Buscá en Internet a ver si hay algún otro productor que haya hecho más de doscientos discos en un período de veinte años”.

Como si con Tequila ya hubiese cubierto la cuota de escenario, de giras y de todo lo que implica ser un exponente del rock and roll, durante ese tiempo Alejo estuvo tan ocupado que ni se le pasó por la cabeza volver a cantar. Fue recién en 2017, a sus 58 años, que finalmente decidió regresar a las bateas con Yo era un animal (2017), su primer disco solista.

Sin embargo, a los pocos meses del lanzamiento del material surgió el “Adiós Tequila! Tour”, que aún lo mantiene en la carretera, y eso hizo que dejara la presentación de su disco en stand by. “Lo dejé un poco en el letargo pero lo voy a recuperar porque es un disco que a mí me encanta y con el que me identifico muchísimo”.

Al haber estado tantos años sin cantar, es como si hubiera quedado hibernado el cantante que hay en mí.

—En alguna entrevista contaste la anécdota del juicio que le hizo el productor David Gueffen a Neil Young por entregarle un material “que no sonaba a Neil Young”. ¿Qué opinás sobre “casarse” con un estilo? ¿Creés que tu material solista suena a Tequila?

Es un poco inevitable sonar a Tequila porque yo era el vocalista y lo más reconocible en una grabación probablemente sea la voz. Si bien ya no es la misma de antes, mucha gente me dice «cantas igual, tienes la misma voz». No, tengo la voz mucho más grave, como corresponde a un señor de mi edad y no a un chico de 18 años. Pero entiendo por qué lo dicen: al haber estado tantos años sin cantar, es como si hubiera quedado hibernado el cantante que hay en mí. Al deshielarme y volver a la realidad, tengo el mismo feeling, canto desde un lugar parecido. 

—¿Y cómo explicás eso?

—Aunque haya pasado toda una vida y miles de experiencias, el approach al canto tiene una frescura, una inseguridad, una curiosidad y una ingenuidad que no tendría si en estos años yo hubiese hecho quince o veinte discos como hicieron los que siguieron sacando discos y no se dedicaron a producir uno atrás de otro como hice yo. Creo que, en ese sentido, hay algo que puede sonar mucho a Tequila. Hubo un comentario que me gustó, que decía «Tequila 2.0». 

—En 2011 ya habías sacado un disco solista, Decíamos Ayer, en el que versionabas algunos clásicos de finales de los años setenta y principios de los ochenta…

Fue una toma de contacto. Si bien me comprometí con el proyecto, llevé los temas a un terreno muy personal y algunos los cambié mucho, como la versión de «Ojalá» –original de Silvio Rodríguez– o la de «Sobre un vidrio mojado” –de Los Secretos-, no es lo mismo que si son canciones propias, que te salen de adentro. A Decíamos Ayer le podemos llamar un aperitivo.

Días antes de la entrevista, en Madrid se realizó una masiva movilización feminista bautizada como #8M, en ocasión del Día Internacional de la Mujer. Miles de mujeres de todas las edades se congregaron en Atocha con algún distintivo violeta y marcharon por la Gran Vía hasta Plaza España, con banderas reivindicativas y cánticos contra la violencia machista.

Esa semana Alejo publicó en su cuenta de Instagram videos en los que se sumaba a la campaña feminista y decía que apoyaría todas las actividades e iniciativas relacionadas. Muchos de los posteos fueron acompañados del hashtag #NiUnaMenos, consigna muy extendida en Argentina y nombre de uno de los temas de su disco Yo era un animal (2017).

“El día que te vayan a violar no te pongas minifalda”, comenzaba la carta abierta de Florencia Kirchner que leyó Stivel en el Facebook de su madre Cristina Fernández, ex presidenta de la República Argentina, el 3 de junio de 2016. “Leí esa frase y fue como si me pegaran con un palo en la cabeza, me quedé traspuesto”, relata hoy el músico.

Si bien nunca antes se le había ocurrido componer algo sobre el tema porque creía que trivializaría la problemática –“lo veo más para un poema de Juan Gelman que para una canción de pop/rock”, admite-, enseguida supo que tendría que hacer algo con eso. De ahí nació el nuevo himno feminista, su grano de arena a la lucha.

—¿Cómo se produjo la colaboración de Miss Bolivia en tu canción “Ni una menos”?

Me parecía interesante, como hombre, aportar mi visión sobre el tema porque no veía muchos que estuvieran haciéndolo, con lo cual me sentía orgulloso. Pero pensé que tendría que tener alguna partner mujer. Yo a ella no la conocía, pero un día vino mi novia de aquel momento y me dijo «hay una tipa muy buena que quiero que oigas». Escuché su tema «Tomate el palo» y me pareció curioso, pero qué sé yo, era una cumbia, y a mí la cumbia no me gusta. “No, pero tiene más temas, mirá su actitud «, me insistió. 

—Y valió la pena esa insistencia…

—La verdad que sí. Le mandé un Whatsapp a un amigo que es productor de conciertos y me pasó el número de la mánager. Entonces me puse en contacto, le dije que me googleara y le mandé la canción. Me contestó que le encantaba y que quería participar. Como yo no iba a ir a Argentina, le pasé las pistas dejándole el espacio del solo. La tipa me devolvió ese rap increíble, emocionante, que puede que sea lo mejor de la canción. Después vino y la conocí, nos hicimos amigos y es una divina, la adoro. Es una piba que es muy combativa, muy guerrera y tal, pero después es una dulce total.

La mujer ya asumió que ella puede ser una artista autosuficiente.

—En Argentina está muy en agenda el tema del cupo laboral femenino en festivales de música. ¿Cómo ves actualmente a la mujer en la escena musical española?

Aquí estamos sensibilizados y todo el mundo quiere tener mujeres en sus espectáculos, pero no porque haya un cupo sino porque le hace bien al show. Elegir por género… Me parece que hay que elegir por calidad. Yo creo que a los hombres no los llaman por ser hombres, no van a llamar porque sea hombre a uno que sea malo. Qué se yo, hay muchos festivales que no me llevan a mí porque no cuadro con el estilo. Me parece que la lucha va por otro lado, que eso va a llegar naturalmente porque la mujer ya asumió que ella puede ser una artista autosuficiente. 

—Acá en España están surgiendo muchas exponentes musicales que representan el empoderamiento femenino, como Rosalía o Nathy Peluso…

—Yo veo por las redes cada vez más chicas tocando la guitarra y cantando. Rosalía tiene compañía de discos y un aparato promocional de marketing atrás muy fuerte, que no le resta ningún mérito, pero Nathy Peluso hasta hace poco no tenía compañía ni mánager, es un fenómeno puro de las redes. Y toca en Madrid y mete dos mil personas, toca en Buenos Aires y mete cinco mil personas, toca en Cádiz y mete mil quinientas.

Alejo no cree en ningún nacionalismo y, antes que argentino o español, se considera terrícola. “Yo soy de Charly García, de Jimi Hendrix, de Messi, de John Lennon”, explica, y señala: “Esa es mi cultura, esa es mi patria”. Asegura estar muy en contacto con su país natal y completamente informado de todo lo que sucede, incluso “más que la mayoría de los que viven allí, que leen Clarín y ven TN”. Quien no conoce su historia ni siquiera sospecharía que lleve más de cuatro décadas en España: su tono pausado de voz guarda un gran vestigio de sus raíces, como si estuviese recién llegado. 

—A pesar del “tú” y de algunos términos españoles, mantenés tu acento argentino…

No hago el menor esfuerzo, ni por mantenerlo ni por perderlo. El que tenga más acento argentino es porque se obsesionó y se propuso mantenerlo, conozco muchos que llevan los mismos años que yo y hablan como si hubiesen llegado ayer de La Paternal. Tengo otros que hablan totalmente como españoles. Me parece que quizás es hasta inconsciente, pero una decisión: «Quiero mantener mi personalidad, mis raíces y no quiero perder ni un milímetro» o «quiero adaptarme totalmente y ser uno más de aquí». Creo que las dos cosas son un poco forzadas. Yo quizás ahora hablando contigo soy un poco más argentino y cuando hablo con un español naturalmente me sale más español. Me voy a Argentina y en una semana parezco Gardel, pero tuve épocas en las que pasaba meses sin ver a ningún argentino aquí y se me suavizaba mucho el acento, es el hábito… 

—¿Qué cosas te hacen sentir orgulloso de ser argentino?

Tengo la suerte de compartir el tiempo de Messi, he podido verlo jugar en vivo y me emociona, pero yo no tengo nada que ver. Coincidió que nací cerca de donde nació él porque mis abuelos decidieron ir para allí, si cuando salieron de Ucrania hubiesen decidido tomarse el barco a Nueva York, que es el otro lugar donde iba la mayoría de los judíos inmigrantes, pues tendría que estar orgulloso de un beisbolista americano. Nacemos de casualidad en un lugar. También tengo la suerte de haber visto a los Stones treinta y cuatro veces por todo el mundo, y me siento igual de orgulloso de ellos que de Messi o de Maradona. No porque sean ingleses no me pertenecen, ellos me pertenecen también: son de mi cultura, son míos.

En Argentina toqué una sola vez, en una playa de Villa Gessell, y nadie sabía quién era ni qué estaba cantando.

—En Argentina nunca se editaron los discos de Tequila, por lo que tu obra no es tan conocida. ¿Te hubiese gustado ser reconocido en tu país de origen?

Me hubiese gustado poder ir a Argentina un par de veces por año y no solamente a visitar a mis familiares y amigos, sino a tocar. Tener un cierto público, tampoco pido mucho, me conformaría con hacer diez shows por año como excusa para ir.  No para que la gente me conozca por la calle como aquí porque eso, te digo la verdad, no te cambia la vida; sino porque soy de allí y es una cuestión más emocional. Yo toqué una sola vez, en una playa de Villa Gessell, y nadie sabía quién era ni qué estaba cantando.