MARTÍN BONETTO: “Movimiento Babasónicos”

Revista FlipAr entrevistó al fotógrafo argentino Martín Bonetto, quien presentó en Madrid su exposición “Movimiento Babasónicos”, que recorre sus veinte años al lado del grupo liderado por Adrián Dárgelos. Fue en el marco del tour que la banda argentina hizo por Europa.

Texto: Pilar Muñoz
Fotos: cortesía Martín Bonetto

En el libro Babasónicos (2016) Martín Bonetto decidió incluir una imagen, tomada por su colega Hernán Rojas, que es muy representativa de su historia junto a la banda de Adrián Dárgelos. En ella se lo puede ver a sus veintitantos, agitando como cualquier joven que va a ver a alguno de sus ídolos, sumergido en el pogo de un festival organizado en el Estadio de Ferro en el que se presentaba el grupo argentino. Al lado de esa toma de 1996 sumó otra, más reciente, donde aparece junto a Babasónicos durante una de sus giras por México.

Es que Martín pasó de ser un fanático de aquella banda de rock alternativo que apenas emergía en los noventa a ser el fotógrafo recurrente de una de las agrupaciones más reconocidas y con más proyección de Latinoamérica. “A veces está bueno hacerte una foto con los músicos”, sostiene, y explica: “Aparecer de alguna manera, por ahí en un reflejo o en una sombra, para el recuerdo y para mostrarles a tus hijos”.

La historia de ese lazo se remonta a 1999 cuando Bonetto, que aún hacía algunas tareas de diseñador gráfico y daba sus primeros pasos en la fotografía de rock al lado de sus amigos Guasones, pudo entrar por primera vez al camarín de Dárgelos junto a la fotógrafa Nora Lezano. Al poco tiempo empezó a trabajar como reportero gráfico del diario Clarín, lo que lo acercó a músicos, actores y demás personajes de la cultura argentina.

Fue así que retrató a grandes artistas como Charly García, Luis Alberto Spinetta, Gustavo Cerati, Pappo o Juanse y que, cada vez que en el periódico pautaban una entrevista a Babasónicos, él insistió para encargarse de las fotos que acompañarían a la nota. Con el paso del tiempo se fue generando tal confianza entre ellos que hizo que, en más de una oportunidad, los propios músicos le pidieran que cubriera sus shows o los acompañara en sus giras por el país y por Chile, España, Francia y México.

Una buena selección de todo ese material generado en los últimos veinte años de trabajo forma parte de la publicación que Bonetto editó en 2016 y se pudo apreciar en Madrid durante la muestra “Movimiento Babasónicos”, montada entre el 9 y el 24 de mayo en la sede de la Embajada Argentina.

—Muchas veces se critica el hecho de que hoy el público se pasa todo el recital filmando y viendo al artista a través de la pantalla del celular. Aunque estés cubriéndolo, ¿vos lográs disfrutar del show? ¿Cómo fue, por ejemplo, tu experiencia retratando a los Stones?

—En un recital, si sos fotógrafo y no tenés relación con los músicos o si no vas a trabajar para la banda, generalmente al tercer tema te sacan. En el show de los Stones, por ejemplo, durante esos dos o tres temas estás ahí adelante y está buenísimo; pero también estás pensando en que tenés que conseguir una buena foto para la tapa del diario. Capaz que en el momento no me relajo. Me pasa, sobre todo en los recitales de Babasónicos o de Guasones, que después no me acuerdo de nada. La música la siento ahí en el momento y la paso bien pero, como estoy pensando en la foto, después no recuerdo ni los temas que tocaron, sólo me quedan imágenes.

Pareciera que el estilo de vida del fotógrafo de rock es igual de intenso y vertiginoso que el del rockero, ¿es así?

—Principalmente los horarios, cumplís los mismos que el músico: tocan a la noche y a la mañana duermen. Eso va cambiando un poco cuando sos más grande, hay bandas que ahora ensayan a la mañana y los shows son más temprano. Pero yo creo que te referís a otras cosas… No, la verdad que te lo podés tomar de diferentes maneras, pero yo me lo tomé muy en serio, traté de estar a la par (risas). Perdí un montón de salud y gané un montón de otras cosas.

—Debés tener muchísimas anécdotas e historias para contar al lado de tantos músicos, ¿te gustaría en un futuro escribir tus memorias?

—No, porque tampoco son tantas ni tan fuera de lo común. Tengo una de estar haciendo fotos en lo de Charly García, suena  el timbre, atiendo yo y era Manuel de Estelares, que le llevaba un disco a Charly. Charly todavía no salía, estaba encerrado en la habitación, así que quedé con Manuel en que me encargaba de dárselo, pero se re sorprendió de que le abriera yo. Y después otras situaciones, como una noche que estuvimos en lo de Charly después de un show de Bochatón con Cerati, su mujer, Nora y otro músico que se llamaba Murray. Imaginate, una noche increíble. Encima yo era chico y todavía estaba viviendo en La Plata, así que cuando volvía y les contaba a mis amigos no lo podían creer.

Tengo muy poca técnica y muy poca constancia. Hay veces que hago una foto, después quiero repetirla y no puedo.

En una entrevista dijiste que tenés un modo de trabajar “un poco punk” porque no seguís ninguna regla ni tenés continuidad. Eso se refleja en tu libro Fotorragia, donde conviven imágenes crudas y trash con otras familiares y tiernas. ¿Sos de los que primero visualizan la imagen en la cabeza y después en la cámara?

A lo que me refiero con ser punk para las fotos es que tengo muy poca técnica y muy poca constancia. Hay veces que hago una foto, después quiero repetirla y no puedo; es como que me sale en el momento. Si ves mi Instagram, Fotorragia o el libro de Babasónicos, hay fotos de todo tipo que las podrían haber sacado mil fotógrafos distintos. Y esa falta de técnica para algunas cosas no me importa, sigo para adelante, me gusta aprovecharla para que sea todo distinto. A veces vienen fotógrafos y me hablan de lentes, de cámaras, de definición, y yo: “Ah, sí, sí” (risas). Uso un equipo bastante básico, me arreglo con lo que hay y no soy muy teórico, hay muchas cosas de las que no tengo ni idea.

Tu trabajo como reportero gráfico parece poco rutinario, ¿cumplís horarios o cómo es tu día a día laboral? ¿Eso de vivir sin reglas se aplica también a tu vida cotidiana?

—Claro, alguien que hace moda o publicidad está generalmente en un estudio. Yo a veces llevo un flash, pero todo el tiempo estoy yendo a lugares distintos, donde me tengo que arreglar con lo que hay. Puede ser una mansión en Barrio Parque o una casucha en una villa, y hasta el momento en que llego no sé con qué voy a contar. Cuando hay alguna entrevista pautada, más que nada en espectáculos, sí puedo llevar una idea pensada, pero en ese caso es entrar al diario, que me digan qué nota tengo y después ir en remis de acá para allá. Quizás es eso lo que termina haciendo que me vaya acostumbrando a cualquier cosa: capaz voy pensando en algo, llego y no puedo hacer nada porque, por ejemplo, no hay ni electricidad.

¿Qué música escuchás a la hora de editar?

—A veces, cuando estoy medio loco porque no llego, pongo en Spotify música clásica para tranquilizarme un poco. Beethoven, Mozart, y que salga lo que salga. También me gusta escuchar la música de lo que estoy editando. Hace poco hicimos con mi colega Guido Adler un libro de fotos para Abel Pintos. Al principio decía: «¿Abel Pintos?»; y  terminé escuchando Abel Pintos como ocho horas seguidas por día mientras editaba. La producción del último disco se la hizo Leiva, y tiene algunas cosas medio rockeras que están buenas.

Mick Rock, Bob Gruen, Michael Cooper… Son todos fotógrafos que, más allá del talento, tuvieron la suerte de haber nacido en el momento justo.

—¿Qué fotógrafos te han influido a lo largo de tu carrera?

Acá en Argentina hay un montón de buenos fotógrafos de rock: José Luis Perotta, Nora Lezano, Alejandro Kaminetzky, Andy Cherniavsky, Eduardo Martí, Marcelo Záppoli, Oscar Bony… A veces uno piensa que es el único o que es la época, y no, en todas las épocas hubo fotógrafos que le sacaban al rock, con otras técnicas y condiciones, y que hacían unos fotones espectaculares. De afuera, Mick Rock, Bob Gruen, Michael Cooper… Son todos fotógrafos que, más allá del talento, tuvieron la suerte de haber nacido en el momento justo. Una foto de Joey Ramone tomando una Coca-Cola en un bar, tras haberse convertido en una mega estrella de rock, se llena de mística y se convierte en un fotón. 

—En el prólogo de su libro John Lennon: The New York Years, Bob Gruen dice: “Cuando uno siente que tiene todo el tiempo del mundo para tomar fotografías, no se preocupa por los pequeños instantes. Uno no se precipita hacia la cámara para sacar la foto de alguien bebiendo café, porque lo ve bebiendo café todos los días”.  ¿Alguna vez te ha pasado, por ejemplo con Dárgelos, de temer ser invasivo y después arrepentirte por no capturar el momento?

—Ahora que tenemos celular con cámara hago más de esas fotos, aunque sí, hay situaciones cotidianas que te las guardás. Pero dicen que las fotos no se cuentan sino que se sacan: en el fotoperiodismo no vale el «hubiese hecho» o el «casi hago». En mi casa yo saco fotos todo el tiempo y si hay veces que no lo hago es porque no me dejan: mis hijos, mi mujer, mis amigos, todo el mundo lo sufre. 

Con tanto trabajo fotográfico constante, ¿cómo es tu archivo?

—Uhhh, un desastre. Lo de Babasónicos me costó pero no tanto, no sé por qué pero lo tenía bastante bien ordenado. Debe ser porque les empecé a hacer fotos cuando ya tenía un poco más de noción de lo que estaba haciendo. En cambio con Guasones era sacar y tirar en una caja, entonces ahora tengo un lío terrible de negativos, copias, digital. Tengo que pasar un montón de cosas que tengo en CDs del 2000 y me da miedo meterlos en la compu y que no los lea. El otro día hablaba con Andy Cherniavsky y con Nora Lezano, que tienen todo impecable, las bandas alfabéticamente o por año, todo anotadito, y digo: «Qué envidia» (risas). 

Antes nadie salía todo el fin de semana con diez rollos en la mochila, en cambio nosotros los fotógrafos sí.

—En alguna nota has dicho que vos te sacabas selfies mucho antes de que se conociera el término, y en tus redes hay varias autofotos delante del espejo en las que no superás los veinte años. Hoy ,de vez en cuando, seguís publicando retratos tuyos… ¿Puede ser que con eso cumplas la necesaria cuota de narcisismo, después de estar siempre del otro lado de la cámara?

—No quiero decir precursor pero, como un montón de otros fotógrafos, yo siempre andaba con una camarita. Antes nadie salía todo el fin de semana con diez rollos en la mochila, en cambio nosotros los fotógrafos sí. Ahora todos van y hacen la selfie. Antes te encontrabas con alguien y te sacabas una foto, yo ya tenía bien calculado cómo tenía que estirar el brazo y todo. Después sí, están los autorretratos en el espejo, donde buscás un poco más de estética. El autorretrato para mí es querer transmitir algo y la selfie es «este momento con amigos». Autorretratos sí, tengo un montón. Yo además intenté hacer música, entonces también me sacaba fotos. Sí, un poco narcisista puede ser…

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