Cosquín Rock 2020: No todo tiempo por pasado fue mejor

El festival más convocante de Argentina cumplió veinte años y, con dos jornadas por las que pasaron múltiples artistas de géneros diversos, el fin de semana del 8 y 9 de febrero puso en jaque la histórica hegemonía del rock nacional dentro de la escena musical vernácula.

Texto: Franco Gorozito Bolatti
Fotos: Mariana Zamudio

Nacido en las sierras cordobesas durante una de las tantas épocas caóticas del país, Cosquín Rock supo enseguida erigirse como sostén de una joven generación que por entonces era el sector más golpeado a nivel social y que encontraba en el rock una vía de escape entre tanta incertidumbre.

Hoy el panorama es distinto. La diversidad se adueñó de las remeras; las causas sociales, de los trapos. Y se respira un aire militante que acarrea juventudes en pos de la tolerancia, aunque aún cuesta bastante si de música se trata.

Una vez más, las redes sociales se llenaron de críticas y repudios cuando, en noviembre de 2019, se anunciaba una grilla que, para sorpresa de muchos, contaba con una gran cantidad de artistas alternativos que hoy se destacan en la escena del trap.

No se podría decir cuándo nace ese antagonismo entre géneros, o mejor dicho, entre el rock y otros géneros. Pero algo es seguro: es una marca registrada del público argentino, que no distingue límite entre intolerancia y ser competitivo. Todos creyeron alguna vez haber tenido la verdad y el mejor gusto musical. Incluso, quizás, todavía lo creen. O lo volverán a creer de manera paulatina, con el paso de lo conocido y la llegada de lo nuevo. ¡Cómo aterra lo nuevo!

Quizás tenga que ver con la idea del tan mentado folklore nacional. Derivado de la expresión alemana volk –el pueblo como un todo-, el término folk comenzó su periplo significativo por la cultura hace siglos. Fue cuando el filósofo Johann Herder desarrolló «(…) ideas basadas en que el hombre nace de una raza y, dentro de ella, su cultura, educación y mentalidad tienen carácter genético». Surgieron así los primeros argumentos del concepto de “música nacional y popular”.

Sin embargo, de a poco se empieza a dar el quiebre. Durante las jornadas del 8 y 9 de febrero, el Escenario Sur –destinado a aquellos grupos y artistas emergentes que son los que más movilizan a la nueva generación- fue centro de atención de su propio público y de quienes no pudieron con la curiosidad.

Cómo era un show de Nathy Peluso, si Ca7riel salta más de lo que canta como dicen, si Mon Laferte conmueve o cómo es el modo diablo del Duki, ese artista que transgrede la escena con letras lascivas pero también rompe existencialismos cobijados en el confort de la masividad, eran algunas de las inquietudes generales.

Mientras, en el otro extremo del predio, Hilda Lizarazu reafirmaba la importancia del cupo femenino, además de cargar el Escenario Norte –reservado para los artistas más clásicos, esos que para el imaginario colectivo son los que imprimen la identidad del Cosquín Rock- con una trayectoria de más de treinta años, en la cual supo conquistar varias generaciones a primera canción.

Divididos, por su parte, volvía tras quince años de ausencia, y Skay Beilinson cumpliría ese deseo casi caprichoso del público de colmar el predio de guitarras potentes y de ese virtuosismo que muchos creen que es elemental para que el rock sea rock. Aunque muchas veces no sepan definirlo.

Esta edición de Cosquín Rock se dispuso a merced de los artistas para que lograran romper paradigmas. Fueron ellos quienes, con canciones a modo de crossover, se juntaron para aflojar, o mejor dicho aflorar, aquellos tradicionalismos que ponían al rock como una supremacía artística, social y cultural.

La presencia de Louta, Nathy Peluso y Goyo (Bándalos Chinos) en la banda de Charly García, donde confluyeron con figuras emblemáticas como Nito Mestre o León Gieco para interpretar canciones representativas del astro del bigote bicolor, sirve de ejemplo. También, la invitación de Los Gardelitos a Cazzu y el encuentro entre Andrés Ciro y Wos para interpretar uno de los clásicos de Los Piojos.

Ya lo dijo Luis Alberto Spinetta: “Yo nunca voy a decir que todo tiempo por pasado fue mejor, ¡mañana es mejor!”. Bienvenidas sean las nuevas generaciones, los nuevos ritmos, el derrumbe de los paradigmas y de los prejuicios. Comienza a caerse finalmente ese muro de Berlín digital que dividía el gusto y el consumo. Ser vintage es una cosa; ser intolerante, otra. Porque, aunque te vistas de cuero, la gorra… Tratá de que la gorra no te quede.