MARTÍN BUSCAGLIA: “Es un buen momento para escuchar discos a la vieja usanza, del principio al final”

Después de diez años colaborando con artistas de renombre como el argentino Fito Paez, el uruguayo Jorge Drexler o el español Kiko Veneno –con quien hizo un disco a dúo titulado El pimiento indomable (2014)-, el cantautor rioplatense Martín Buscaglia publicó Basta de música (2020), su nuevo material solista, que bebe de todas sus influencias y que planea pronto presentar en Argentina y en España.

Texto: Christian Alliana
Fotos: Matías de León (prensa)

¿Fue difícil sentarse a planear un álbum en solitario después de diez años?

—Difícil no fue porque lo hice sólo cuando sentí que tenía que hacerlo y que tenía con qué. Siempre está la cuestión de que una cosa es lo que tú quieres de la música y otra es lo que la música quiere de ti. Desoírla es un error mayúsculo. Y aunque no fue planificado adrede, siento un especial fascínio por los artistas que sacan discos muy esporádicamente. Pienso en Sade o en Leonard Cohen antes de que su amante/contadora lo desplumara.

Siento un especial fascínio por los artistas que sacan discos muy esporádicamente.

En esa década no paraste de colaborar con otros músicos, hiciste radio y también música para teatro. ¿Qué cosas sentís que absorbiste de esos colegas y pudiste poner en práctica en este nuevo álbum?

—Todos los artistas con los que colaboré –Veneno, Cabrera, Mandrake, Antolín, Venegas, Yusa, Aristimuño, Mulheres Negras-, así como Anthony Fletcher –director de teatro inglés con el que laburé en tres obras- y las dos temporadas de radio en Gladys Palmera, son un cúmulo de experiencia que deriva en influencia, pero no puedo precisar nada puntual, lo que me deja es la ejercitación de diversos músculos musicales. Considero estos diez años una “década en servicio”, poniéndome a disposición de diversos enfoques, y esa disciplina sólo conlleva beneficios. Pero este disco nuevo no es un cúmulo de canciones e ideas que venga macerando y acarreando desde hace diez años, eso lo fui vertiendo en los diversos proyectos en los que me involucré. La canción más añeja de este disco tendrá a lo sumo un par de años.

Considero estos diez años una “década en servicio”, poniéndome a disposición de diversos enfoques.

Estamos en una época en la que todo parece darse en torno a un ordenador o a un móvil, y esto no excede a los músicos y sus grabaciones. Sin embargo, vos decidiste que en este disco todos los instrumentos sean tocados orgánicamente. ¿A qué se debió esa decisión?

—Al clima que quería generar, el de los discos que más me gustan: las grabaciones de campo de Alan Lomax en Estados Unidos, las de Ayestarán acá en Uruguay o las grabaciones del sello francés Ocora en África. Como estamos en el siglo XXI, esto incluye no sólo troncos y caracolas sino también, eventualmente, máquinas de ritmo. Pero no es una regla a rajatabla, sino lo que sentí que precisaba en este caso. El último disco de Kiko Veneno, por ejemplo, tiene harta utilización de sintes y maquinaria.

Planteaste el deseo de que este disco sonara como la música de una isla imaginaria. ¿Pudiste cumplir con esa ambición o sentís que esa isla se va a seguir construyendo en futuras producciones?

—Llegué cerca. Nunca llegás exactamente hacia dónde vas. Pero, sin duda, es el disco que he hecho que más se parece a los que me gustan. Siento que podría quedarme un rato más en esta isla, todavía no la recorrí toda. Me da curiosidad, por ejemplo, ver qué hay detrás del volcán.

Los temas del disco surgieron a partir del piano, pero llama la atención que las canciones tienen un revestimiento sonoro que hace que el resultado final no se parezca a un «solista al piano». ¿Cómo pensaste la instrumentación para que no se transforme en un disco de cantautor con piano?

—Me alegra que se perciba así, esa fue la intención. Nunca se me pasó por la cabeza que fuera un disco de pianista cancionero pop, creo que ese locker ya está repleto y abollado. Una vez Jaime Roos me dijo que era un “ritmista”. Del piano me interesaba su función como instrumento de percusión, los pianistas que más me emocionan comparten ese enfoque. Por poner ejemplos que me elevan mucho, pienso en el inmenso Bola de Nieve, en Thelonius Monk tocando en ese museo escandinavo, en Herbie Hancock soleando en “Sâo Vicente” de Milton Nascimento. También la percusión estricta tiene mucho énfasis en el disco, y busqué que esa cosa rítmica preponderara inclusive en los temas más despojados y líricos. Todo debe groovear, no sólo el ritmo: también la armonía y melodía, las palabras y timbres.

Una vez Jaime Roos me dijo que era un “ritmista”.

El disco se llama Basta de música, lo cual es de por sí provocador. Sin embargo, justo aparece en medio de la pandemia del Coronavirus, donde se está viendo que mucha gente se aferra a ella para sobrellevar este momento. ¿Cómo te interpela esta situación a vos como músico?

—Tomo como un buen augurio que el título, la sonoridad y las letras tengan detalles premonitorios. Todo esto me genera una mezcla de sonrisa y susto, como estar en el ojo de un huracán. Intuyo que es un momento apropiado para escuchar discos a la vieja usanza, del principio al final. Y pienso que ahí radica el mayor poderío que puede dar la música en estos tiempos extraños, mucho más que en la andanada de contenidos altruistas que brotan permanentemente, un poco sin ton ni son.

Intuyo que es un momento apropiado para escuchar discos a la vieja usanza, del principio al final.

¿Qué planes hay para el futuro? ¿Sentís que sacar un próximo álbum te puede llevar otro largo tiempo o ya se despertó el deseo de volver a hacer trabajos en solitario?

—Cuando pase el fin del mundo, retomar las giras que estaban agendadas por España, Argentina, Uruguay y Chile. Y, en cuanto al futuro, me remito a la respuesta de la primera pregunta…