El jueves 25 y viernes 26 de agosto, Rosalía agotó sus shows en el Movistar Arena de Buenos Aires, en el marco del Motomami World Tour, y demostró por qué hoy es la mayor referente del pop. “Ni en mis mejores sueños me imaginaba algo tan increíble como esto”, confesó emocionada por la respuesta del público argentino.
Texto: Pilar Muñoz
Fotos: Carolina Caprile
En un Movistar Arena a oscuras, empezó a retumbar el sonido de los caños de escape y motos humanas avanzaron sobre el escenario. La “M” de Motomami (2022) relucía en los cascos de los bailarines. “Saoko, papi, saoko” fue el grito de largada en esta carrera de actitud, estilo y poderío. Desde sus primeros pasos en el venue porteño, Rosalía demostró llevar ventaja.
“Saoko, papi, saoko” fue el grito de largada en esta carrera de actitud, estilo y poderío.
Es que, en casi dos horas de show, encaró más de treinta piezas desde todas sus aristas: la vocal, la performática, la estilística, la audiovisual y, sobre todo, la humana. Interpretó no solo los temas del disco que da nombre al Motomami World Tour sino, también, algunos de El Mal Querer (2018) –el álbum que renovó el flamenco para acercarlo a los más jóvenes- y otras perlitas.
La fuerza de ese primer track se tornó desamor en “Candy”, un reggaetón lento que parecería llevar ADN latinoamericano, aunque le corra sangre catalana. La coreografía viral de “Bizcochito”, y su tinte pop edulcorado, confirmaría después que Buenos Aires estaba frente a la artista que puso a España en boca de, literalmente, todo el mundo.
—Buenos Aires, ni en mis mejores sueños me imaginaba algo tan increíble como esto —confesó la artista en su segunda noche consecutiva con entradas agotadas en el recinto de Villa Crespo, y la multitud la interrumpió con un “Olé, olé, olé, Rosa, Rosa”—. Los amo mucho, mucho, mucho, Argentina. ¡Dios mío, Buenos Aires!
“Buenos Aires, ni en mis mejores sueños me imaginaba algo tan increíble como esto” (Rosalía).
Después recordó cuando, diez años atrás, tocaba en bares, restaurantes, bodas y comuniones, y siempre alguien le pedía que cantara “Alfonsina y el mar”. Con ese pie, regaló a lxs motomamis y motopapis una conmovedora versión de la zamba que Félix Luna y Ariel Ramírez dedicaron a la poeta argentina Alfonsina Storni.
—Mercedes Sosa me inspira muchísimo —dijo al finalizar su interpretación, en referencia a la cantante tucumana que popularizó la canción-, y tantos otros artistas de aquí… Así que, en muestra de agradecimiento, quería tocar ese trocito.
Del folklore argentino pasó a la música más típica de su país, el flamenco, en “De aquí no sales”, en la que cautivó con sus bulerías y bailes. Siguieron los temas –algunos más introspectivos, otros más bailables- y, entre uno y otro, la catalana no perdió oportunidad para acercarse al público e interactuar con quienes habían pasado largas horas afuera, con la ilusión de copar el vallado y estar lo más cerca posible de su ídola. Y esos pasajes fueron dignos de sketches de comedia.
No perdió oportunidad para interactuar con quienes habían pasado largas horas afuera, con la ilusión de copar el vallado.
En primera fila, una chica sostenía un cartel que llamó su atención: “Vas en contramano, Rosalía”. Hacía alusión a un video viral de un programa cordobés, en el que una señora bailaba a destiempo la “Conga”. Si bien no entendió la referencia, la española enseguida se puso a mover la cadera cuando el público empezó a cantar “conga, conga, conga, las chicas bailan conga”.
—Amiga, ¿cómo te llamas? —preguntó a quien sostenía la pancarta, y desató la risa de todos cuando intentaba entender su nombre-. ¿Merina? ¿Mirita? ¿Melinda? ¡Ah, Melina!
Más adelante, bajaría al foso a compartir micrófono y cantar con su gente “La noche de anoche”, registrando todo con su camarita de mano, que regalaba un primerísimo primer plano de la cantante en tiempo real, a través de las pantallas, para quienes estaban más lejos. Eso, cuando no la seguía el camarógrafo que, como si fuera su sombra, acompañó y capturó cada uno de sus movimientos sobre el escenario.
En un pasaje, un bailarín le acercó una toalla. Ella se secó la cara. Otro le dio una botella de agua. Antes de tragar el sorbo, se infló los cachetes como si fuera a hacer un buche. Hoy no están en tela de juicio sus modales: ya se rió de quienes la señalaron por masticar chicle con la boca abierta, haciendo de ese gesto otro challenge viral.
Rosalía parece ser la abanderada de una generación que vive sin miedo a los comentarios ajenos. Si gusta, bien; si no, mejor. Lo importante es revolucionar, dar vuelta lo impuesto, desacartonar lo establecido. Y su estilo, también, coincide con el retorno de la estética dosmilera, donde prima la tendencia del “más es más”. Cuantas menos sutilezas a la hora de expresarse, mejor.
Rosalía es referente de una generación que vive sin miedo a los comentarios ajenos. Cuantas menos sutilezas a la hora de expresarse, mejor.
Hasta el momento, llevaba el pelo atado y tirante, con algunas trenzas sueltas. Al momento de cantar “Diablo”, se sentó en un sillón de peluquería en medio del escenario, y comenzó a cortarse esas extensiones, que más tarde tiraría al público, y a sacarse el maquillaje.
—A mí me sienta bien estar desmaquillada y despeinada, Buenos Aires —dirá después, con sus rulos liberados, antes de que le acercaran una imponente sobrefalda negra y conmoviera con “Perdóname”.
En todo momento, Rosalía se mostró simpática y cercana, agradecida por el calor de su público argentino y abierta al intercambio, como cuando invitó a varios fans a subir al escenario, para bailar “Despechá”. Esas mismas vibras mantendría en “Con altura”, su hit más conocido, que sirvió de falso final: “Gracias por esa energía. Os la queremos devolver, así que si os parece terminemos la noche con altura”.
Rosalía se mostró simpática y cercana, agradecida por el calor de su público argentino y abierta al intercambio.
Sin embargo, después volvería con sus ocho bailarines, todos sobre monopatines, para hacer la divertida “Chicken Teriyaki”. Fiel a esa mixtura de climas que prevaleció durante toda la noche, “Sakura” vendría luego a bajar nuevamente la adrenalina –en un ambiente similar al que había logrado “Hentai”-, para finalmente dar lugar a “CUUUUuuuuuute”, un explosivo final que devolvería la excitación popular.


