SEBASTIÁN VOLCO: “Me comprometo a resistir el avance implacable de la estupidez y la oscuridad”

El compositor y multinstrumentista argentino Sebastián Volco publicó Civilización demonio (2020), su décimo material en solitario, en el que juega con la experimentación y la fusión de estilos para dar lugar a un trabajo ecléctico, que fue grabado en la capital francesa pero que planea pronto presentar en España.

Texto: Christian Alliana
Fotos: prensa (Charco)

En tu trayectoria abordaste todo tipo de géneros –rock, tango, progresivo, pop- y en Civilización Demonio (2020) se escucha todo eso pero con una coherencia general: cada pieza de tu historia musical forma parte del todo. ¿Te resulta difícil fusionar ese bagaje para que el disco no sea una mezcla de canciones de diferentes estilos?

—Es difícil amalgamarlo a la hora de comunicar mi trabajo en general. Me cuesta contestar a la pregunta “¿vos qué onda hacés?”. Aunque suene arrogante, yo hago “onda Sebastián Volco”. Pienso que preciso más tiempo y aún más trabajo para que esto se entienda mejor. A fines de mayo sale un disco de piano solo que grabé luego de mi último show en Buenos Aires. También estoy produciendo un nuevo material con elementos electrónicos y progresivos, mezclando el nuevo álbum de tango con Volco & Gignoli, y escribiendo arreglos para formatos de orquestas de cámara y  sinfónicas, lo que hará aún más difícil asociarme a una onda en particular. Sin embargo, no me importa. Cuando todo esté más avanzado sé que los cabos se conectarán en una sola cosa: mi personal expresión a través de la música.

Es difícil amalgamar todo mi bagaje a la hora de comunicar mi trabajo. Aunque suene arrogante, yo hago “onda Sebastián Volco”.

El audio del disco es muy orgánico. A pesar de contar con sonidos electrónicos, se percibe mucho espacio y por momentos hay un halo envolvente. ¿Cómo se trabajó en la grabación para lograr estas características?  

Civilización Demonio lo hice en paralelo al trabajo de Hipnotizados, el último álbum que compuse para mi proyecto La Orquesta Metafísica. Lo grabé en diferentes habitaciones parisinas en las que viví y en el estudio del Pájaro Canzani, un mítico músico uruguayo que vive allí desde los años setenta u ochenta. Grabé yo casi todos los instrumentos, pensando siempre en función de lo que la canción necesitaba. Llegando al final, se sumó el también mítico Fernando Samalea en batería, cosa que levantó mucho el nivel. Luego el disco estuvo un tiempo largo en Buenos Aires, en manos del ingeniero Claudio Low Tanne, que hizo un trabajo muy minucioso para darle un sonido más cálido, mezclando y luego masterizando el material en cinta abierta para contrarrestar el inevitable registro digital.

Por momentos los temas tienen cierta complicidad con el rock argentino de los setenta. Hay unas reminiscencias al Spinetta de Invisible y, sobre el final de «Mensajero Cósmico», se escucha la voz de Javier Martínez hablándole a Tanguito. ¿Cuál es la influencia de esa primera camada de músicos del Rock Nacional en tus composiciones?

—Más que musical la influencia es filosófica… Los músicos de rock de esa época estaban muy ligados al arte y a los movimientos sociales en general, eran una parte importantísima de la contracultura. Se pensaba que mediante el arte se podría generar cambios positivos en los individuos y en las sociedades. Artistas como Luis Alberto Spinetta, Ástor Piazzolla –que fue más punk y pesado que todos los rockeros juntos- o Charly García fueron unos fenómenos fantásticos que lograron una conexión popular enorme y, al mismo tiempo, una entrega sin concesiones a su arte. Una fuente de luz.

Antes los músicos de rock eran una parte importantísima de la contracultura.

«Es más fácil ser esclavo que correr hacia la libertad», cantás en el tema «Sálvese quien pueda». Dentro de tu música existe un riesgo artístico, claramente no te regís por la búsqueda del éxito comercial…

—No voy a producir un track pensando en qué está de moda este verano: ya pasé por muchos veranos y son muy pocas las cosas realmente valiosas que perduran. La música que hago está regida por mis intereses, mis investigaciones, mi permanente crecimiento y mi necesidad existencial de plasmar ideas, inquietudes, sentimientos  y de encontrarles un sentido en esta realidad. Tomar riesgos en el arte es lo mismo que tomar riesgos en la vida; yo no veo diferencia entre mi trabajo en la música a cómo me manejo en otros aspectos.

¿Cuál creés que tiene que ser el rol del músico en los tiempos que corren?

—El mundo cambia a una velocidad mucho mayor que nuestra capacidad de adaptarnos. La verdad es que no me pongo mucho a pensar en el rol del músico en este caos, más allá de comprometerme a hacer algo que tenga valor y que aporte algo, que ayude a resistir el avance implacable de la estupidez y la oscuridad. El arte es un alimento esencial y sin arte lo mejor de la humanidad moriría.

Con mi obra me comprometo a hacer algo que ayude a resistir el avance implacable de la estupidez y la oscuridad.

La tapa de Civilización Demonio te muestra a punto de conectar tu mano con otra mano pero robótica. ¿Creés que la humanidad está yendo directamente hacia ese punto en el que casi no podremos disociar entre lo orgánico y lo digital?

—Sí, ya estamos viviendo una realidad soñada por escritores de ciencia ficción hace sólo un par de décadas. La fusión entre lo digital y lo orgánico es inevitable y no tiene por qué ser algo malo, al contrario, podría potenciar nuestra creatividad y longevidad a niveles apenas imaginables. El problema es la corrupción. La corrupción ha transformado cada invención humana en algo que funciona para el beneficio económico y de poder/control de unos pocos, en vez de ser utilizada para el bien común.

De alguna forma la música ya viene atravesando esa realidad a partir del hecho de que el disco físico es un formato cada vez más obsoleto…

—Un vinilo hoy en día contiene una magia y una relación personal que el universo digital no puede ofrecer. Ni hablar de lo que significa para un músico vender un disco en un concierto o por correo en vez de recibir algunas milésimas de centavos porque alguien se bajó un tema en el ordenador o le paga a una plataforma para disfrutar del trabajo de millones de músicos por unos pocos pesos.

Los shows que habías comenzado a hacer y que se detuvieron por la pandemia estaban enmarcados como «The Volco Experience». ¿De qué trata esa experiencia en vivo? ¿Vas a presentarla en España?

—Estoy trabajando para ofrecer un cocktail explosivo de lo mejor de mis trabajos en un show poderoso y entretenido. Voy desde la canción minimalista a las composiciones sinfónicas, pasando por la electrónica psicodélica. La idea, sin dudas, es poder llevarlo a España, país por el que siento un amor fraternal. Tengo amigos allí y trato de ir lo más seguido posible porque disfruto mucho de su gente y de su cultura. Viviendo y trabajando en Europa, cada vez que voy a España es como estar en casa de un primo cercano, los códigos son básicamente los mismos.

Viviendo y trabajando en Europa, cada vez que voy a España es como estar en casa de un primo cercano, los códigos son básicamente los mismos.

En tu nuevo trabajo, así como también en los anteriores junto a La Orquesta Metafísica, abordás temas como la oscuridad, la inseguridad en uno mismo y cierta desconfianza hacia los otros. En estos tiempos de Coronavirus, ¿creés que todos esos rasgos se exacerban  aún más? Es una época próspera si se quisiera pensar en un futuro incierto y en conspiraciones…

—Yo veo que el mundo está dirigido por organizaciones que tienen objetivos tan horripilantes, perversos, siniestros, estúpidos y maniáticos que me cuesta creer que el rumbo que lleva la humanidad está diseñado por criaturas de mi misma especie. También reconozco en mí y en seres cercanos una fragilidad y confusión enormes que pareciera ser parte de nuestra esencia humana. La duda que tengo desde siempre es: si la humanidad tuviera líderes luminosos e iluminados, ¿podríamos alejarnos de la mediocridad y la decadencia?

En «La única manera de ganar» hacés una gran reflexión sobre cómo sería el mundo si las cosas fueran de otra manera y se apostara al amor. ¿Qué te produce escuchar esa canción hoy en medio de la pandemia? ¿Sentís que se resignifica?

—Sin dudas. Si todos entregáramos lo que tenemos para dar se generaría una cadena de amor (amor al otro que sos vos mismo) y no tengo dudas de que una explosión de alegría y plenitud se apoderaría del universo. Pero es como una poción mágica: sólo se generaría la explosión si todos estamos en la misma página al mismo tiempo. Y no parece que estuviera en las prioridades inmediatas pensar en el bienestar del otro como algo fundamental para la vida de hoy en día. Mientras tanto, el amor, el poder escuchar al otro y sentir compasión, dar una mano, generan inspiración y contagio instantáneos.

Si todos entregáramos lo que tenemos para dar se generaría una cadena de amor y no tengo dudas de que una explosión de plenitud se apoderaría del universo.

¿Sentís que radicarte en París te influyó a la hora de componer? En caso de ser así, ¿tus nuevas canciones son pensadas para un público europeo?

—Me influyó a la hora de trabajar y de producir en general. Mis composiciones siempre están influenciadas por la realidad que me toca vivir, esté donde esté. Sigo la realidad argentina pero, al mismo tiempo, me llegan un montón de nuevas situaciones de Francia, Europa y el mundo entero que también me afectan mucho. En cuanto al público, no soy de componer en función de lo que pueda imaginarme que va a sentir alguien imaginario de alguna región. Hice shows, toqué en milongas y participé de festivales multitudinarios en Portugal, Alemania, Francia, Budapest, Polonia y Luxemburgo, y no me da la sensación de que exista un público europeo homogéneo.