Una vez más, ellos dicen mierda

Después de casi veinte años, el sábado 8 de febrero regresó a Buenos Aires La Polla Records, la emblemática banda de punk español y referente del llamado “rock radical vasco” liderada por Evaristo Páramos. En el playón del Estadio Ciudad de La Plata, su nutrido público argentino disfrutó de un show de dos horas y más de cuarenta canciones, en una noche que quedará para el recuerdo.

Texto: Rober Mur
Fotos: Gody Mex – gentileza Gonna Go Producciones

Una cruz se prendió fuego en la ciudad de La Plata. De fondo, un coro de iglesia anunciaba el “mater misericordia”. Detrás, una explosión: sonaron los acordes de “Salve” y una multitud de punks se volvió loca. La Polla Records volvió a Argentina después de casi veinte años, en el marco de su gira Ni descanso, ni paz, craneada como una última aventura antes de la retirada final. Otra vez, igual que ayer, ellos dijeron mierda.

Pasadas las nueve y media del sábado, entre luces rojas y humo, casi como salido del infierno, apareció él: Evaristo, “El Evas”. Cuarenta años de punk condensados en la voz rasposa de este viejo desbordante de carisma y actitud, que podría ser un carnicero de tu barrio o el tío camorrero que todos temen invitar a pasar la navidad. Y cómo no quererlo al Evas, en su frontalidad y sencillez, con la misma cara de duende pendenciero intacta, y un look que no sale de la camiseta de fútbol y las orejas saturadas de aros y alfileres de gancho.

Así y todo, con sus sesenta años recontra vividos, Evaristo se subió al escenario a hacer lo que mejor supo a lo largo de sus cuatro décadas de carrera: saltar como un psiquiátrico, cantar a grito pelado y soltar tacos contra Dios, la patria, la familia y cuanta institución tradicional se le montara en los cojones. O como se dice por estas tierras: contra todo eso que le rompe soberanamente las pelotas.

Con una banda de músicos un poco rescatado de La Polla y otro tanto prestado de Gatillazo –banda alternativa de Evaristo desde hace años-, el repertorio repasó la historia del grupo con un show de dos horas y más de cuarenta canciones por donde desfilaron clásicos como “Salve”, “Así es la vida”, “El Suicida”, “Txus”, entre tantas otras.

Párrafo aparte, sin dudas, para cuando comenzaron a sonar los primeros acordes de “No somos nada”, ese himno mitad cántico de fútbol, mitad arenga militante de la guerra civil española. Abajo del escenario, era una mezcla de barricada piquetera y cumpleaños de quince. Más de diez mil punks pasados de cuarentitantos años se despacharon con la bronca todavía enfrascada desde aquellas primeras salvajes presentaciones de La Polla en Cemento, Stadium u Obras Sanitarias.

Entre pogos desenfrenados y tipos revolcándose en el mosh hasta hacerse mierda contra las vallas, aparecían una decena de flacuchos trepados a “caballito” de gordos fornidos, revoleando birra al aire como quien festeja un campeonato de fútbol. Las remeras clásicas de Ramones y The Clash se mezclaban con parches y pintadas artesanales de Conflict, Crass o Agnostic Front. La escena era un Woodstock rabioso. Eso sí: nada de flores ni signos de la paz. Esto era borcego, patada y, como alguien dijo por ahí, “los pelos cortados a navajazos”.

La gira Ni descanso, ni paz se presenta como la carta de despedida de un grupo que viene guerrilleando desde tiempos donde el rock era la trinchera. A principios de los ochenta, La Polla Records fue el caballito de batalla de esa caótica invasión que la prensa española catalogó en su momento como “Rock Radical Vasco”, lugar donde también se ubicaron otros grandes como Kortatu, Eskorbuto o Soziedad Alkohólika. Heredera del punk 77 de Londres, esta escena fue emergente de una generación joven partida al medio entre el franquismo y la mentada “transición”.

Como tantos otros lugares, el País Vasco mostraba el “lado B” del desconche democrático, con fábricas cerradas, pueblos diezmados, desempleo y una juventud ahogada en desesperanza y heroína barata. Las heridas de ese mundo caído fue el combustible que alimentó el imaginario de La Polla Récords a lo largo de todo su camino hasta esta actualidad, justamente, en un 2020 que muestra a una Europa cuyas democracias –entre viejos progresismos gastados y nuevos fascismos tocando la puerta- siguen atadas con alambre.

Los jóvenes argentinos curtidos en las calles privatizadas de los noventa abrazaron ese espíritu y lo hicieron propio, gracias a la pluma afilada de humor negro y guarradas de Evaristo. Hasta el día de hoy, esos punks que ahora peinan canas o incluso ocultan la calva, siguen con el puño cerrado y pidiendo, como dice la canción, “la cámara de gas con los políticos adentro”.

Como no podía ser de otra manera, “Odio los partidos” fue el telón final de la noche. Así fue y quedará para el recuerdo. La Polla Récords se jubiló en Argentina y unos quince mil punkis estuvieron ahí para despedirles. Para saltar, bailar y recordar que no importa el tiempo ni el lugar. España, Argentina, cuarenta años de por medio, y esto es así. Es decir: no somos nada. Una última vez, ellos dijeron mierda. Y Argentina dijo amén, amén, ¡a menudo llueve, joder!