SEBASTIÁN BLANCO: “Cuando uno viaja se queda alucinado con muchas ciudades, pero a mí Madrid me flechó”

Radicado desde hace dos años y medio en la capital española, el músico y actor argentino Sebastián Blanco nos relata cómo fue hacerse un camino propio teniendo de padre a un actor de larga trayectoria, cuenta su experiencia en los castings de Juan José Campanella, describe cómo fue su adaptación en una ciudad nueva y nos adelanta sus próximos proyectos actorales y musicales.

Texto: Pilar Muñoz
Fotos: Sofía Ramírez

Sebastián Blanco es un artista argentino multidisciplinario que, pisando los treinta, empezó a fantasear con conocer el mundo y con tener nuevas experiencias que fueran más allá de las que le brindaba su Buenos Aires natal. Así fue como decidió escribir un nuevo capítulo de su vida en Madrid, ciudad en la que vive desde hace dos años, donde desarrolla su carrera como músico y actor.

Su padre es Eduardo Blanco, reconocido por exitosas películas como El hijo de la novia (2001) o Luna de Avellaneda (2004), quien recientemente ganó en España aún más popularidad por encarnar al capitán Santiago Aguirre en la serie de Netflix Alta mar (2019) y por coprotagonizar Parque Lezama en el Teatro Fígaro, bajo la dirección del aclamado director argentino Juan José Campanella.

Sin embargo, Sebastián no se aprovechó del mote de “hijo de” y desde chico decidió formarse y construir su propio camino. Todo comenzó a los quince años, cuando acompañó a su hermana diez años mayor a su clase de canto y, según dice, flashó: a partir de ese momento estudió y se interiorizó en el mundo de la música, con referentes nacionales como Fito Páez, Charly García y Luis Alberto Spinetta.

A los dieciséis años fue a su primer casting actoral y esa experiencia sí estuvo en cierto punto ligada a su padre, quien por ese entonces integraba el elenco de la serie Vientos de agua (2006), una coproducción argentino/española que abordaba el tema de la inmigración y que ahora se puede ver por Netflix. Los productores necesitaban un chico que hiciera de hijo de Eduardo, así que le propusieron: “¿Por qué no hacés el casting? Al menos el physique du rôle ya lo tenés”.

¿Qué resultó de esa experiencia iniciática cerca de un director tan importante como Campanella?

—No quedé porque era chico y buscaban a alguien de veintipico, pero a Juan le encantó el casting y me sugirió: “¿Por qué no te ponés a estudiar teatro?”. Y me puse a estudiar. Descubrí un lugar de barrio, en el cual hice un taller de menos de un año, y después empecé a estudiar con Virginia Lombardo en la escuela de Alicia Zanca. Luego mi gran maestra fue Patricia Palmer, en su Taller del Ángel.

A los dieciséis años Juan José Campanella me sugirió: “¿Por qué no te ponés a estudiar teatro?”. Y me puse a estudiar.

¿Creés que estudiar teatro fue un paso natural en tu vida, al tener un padre actor que se mantuvo siempre en actividad?

—No sé si fue un paso natural, simplemente se despertó por ahí. A los tres años de eso hice el casting para El secreto de sus ojos (2009) y en ese sí quedé, me eligió Juan. Prácticamente al mes empecé a hacer castings de publicidad y a trabajar un poco en ese rubro.

¿Cuánto visitaste España por primera vez?

—A los dieciocho vine con mi padre por primera vez; él tenía que trabajar y yo lo acompañé. Estuve una semana en Madrid y aluciné, siempre me quedó en la cabeza. Después a los veinticinco hice un viaje de dos meses y medio de mochilero por Europa y, antes  de volverme para Argentina, pasé la última semana acá. Cuando uno viaja se queda alucinado con muchas ciudades, pero a mí Madrid me flechó y me veía viviendo.

Cuando uno viaja se queda alucinado con muchas ciudades, pero a mí Madrid me flechó.

¿Pensaste en extender el viaje y quedarte un tiempo?

—En ese momento me volví a Buenos Aires porque quería hacer mi primer álbum allá. Al tiempo saqué El tiempo de las máquinas (2015), lo presenté, lo moví bastante en prensa, hice todo lo que pude hacer. Incluso iba en bicicleta a Plaza Francia con una mochila llena de discos, me metía entre los grupos de gente, se los hacía escuchar y los vendía. Me había quedado sin laburo y estuve tres meses laburando así.

¿Y cómo fue que finalmente decidiste irte de Argentina y mudarte a España?

—Después de eso me picó mucho el bicho de venir para acá no sólo diez días sino de hacer una experiencia. Tuvo que ver con conocer el mundo, con fantasear sobre muchas cosas, inevitablemente también por cuestiones del país como la inseguridad, la inflación… Fue una combinación de factores. Mi sueño es ir y venir, extraño mucho Buenos Aires.

En las próximas semanas Sebastián estrenará “Dejar de pensar”, el primer sencillo de su nuevo disco, cuyo videoclip protagonizará junto a Luz Cipriota, actriz argentina también radicada en Madrid. Será el primer material de estudio que lanza después de la publicación, cinco años atrás, de El tiempo de las máquinas. La canción aborda los distintos procesos por los que tuvo que pasar al haber emigrado y la pudo escribir “con distancia, después de estar cerca de un año y medio sin lugar para vivir, yendo de habitación en habitación”.

¿Cómo es tu proceso compositivo?

—Escribo desde los ocho años. De chico escribía muchos cuentos y después empecé a escribir canciones. Acá en Madrid también he escrito guiones de una serie web que se llama Cervecitas. En cuanto al proceso, de alguna manera he encontrado un método propio de escritura. He llegado a tardar seis meses en sacar la estructura de una canción o una parte de una letra, y también he hecho otras en dos horas. A veces hago primero la letra, a veces hago la música y espero hasta que la letra aparece sola…

¿Y qué te inspira a la hora de escribir?

—En general, si estoy triste, intento transitar esa tristeza y después escribir. Lo de escribir cuando uno está mal no me parece tan interesante, todo suena a suicidio. Me parece mejor atravesar el dolor y después, con distancia, escribir sobre lo que haya pasado o sobre el aprendizaje que dejó. Con el amor igual: cuando uno está enamorado también está buena cierta distancia, calmarse un poco para luego poder escribir.

Me parece mejor atravesar el dolor y después, con distancia, escribir sobre lo que haya pasado o sobre el aprendizaje que dejó.

¿Qué podés adelantar del nuevo material?

—Me representa muchísimo en este momento y tengo ganas de que salga. Es música electrónica, lo he hecho todo con la computadora. Redescubrí muchas cosas por el hecho de empezar a trabajar así y no con una banda de diez músicos. Las dos cosas están buenas pero ahora estoy escuchando mucho de ese estilo, a Dennis Lloyd, a Charlie Puth o a Billie Eilish, e inevitablemente eso condiciona. O mismo Lisandro Aristimuño, que trabaja mucho por capas. Trabajar por capas es un concepto muy interesante, tanto en lo analógico como en lo electrónico.

En los últimos meses Sebastián le dedicó tiempo y esfuerzo a su carrera musical, lo que le permitió por ejemplo abrir el concierto que Nito Mestre dio en octubre pasado en el madrileño Café Berlín o cerrar el 2019 con un show propio en la sala Búho Real, pero no por eso descuidó lo actoral. “En Madrid yo siento que siempre hay una pulsión de oportunidades, siempre aparecen cosas para hacer y eso es fantástico”, asegura, y nombra su intervención en la película La gran aventura de Los Lunnis y el libro mágico, que se estrenó en enero de 2019, como ejemplo.

Además, recientemente actuó en Help (2020), un cortometraje del Ayuntamiento de Madrid dirigido por el realizador Santiago Alcázar, en el que su personaje aconseja a un amigo español a dónde llevar de paseo a una esperada visita, con marcado acento argentino y populares expresiones del lunfardo.

Sin embargo, lo más destacado seguramente sea su participación en la película El año de la furia (2020), una coproducción hispano/uruguaya dirigida por el español Rafa Russo, protagonizada por los argentinos Joaquín Furriel y Alberto Ammann, y ambientada en el convulso contexto pre-dictatorial que imperaba en Montevideo en 1972.

Hay varios actores argentinos de tu generación que están radicados en Madrid. ¿Existe algún tipo de comunidad?

—Están viniendo muchos, Madrid se ha convertido en un epicentro de la ficción en español. Netflix está pisando muy fuerte y eso nos representa una oportunidad a todes. Yo soy muy amigo de Luz Cipriota, de Benja Alfonso, de Sofi Rangone y de Clari Alonso, que va y viene. Se arma comunidad pero no en plan nicho, cerrados. Está bueno porque hay cosas de la idiosincrasia que uno extraña un poco menos cuando está con gente argenta. Muy naturalmente se genera una cofradía pero no sólo con argentinos, sino también con españoles y con el que venga de donde venga.

Madrid se ha convertido en un epicentro de la ficción en español.

¿Cuáles son tus planes preferidos para hacer allá?

—Madrid es muy de bares y de cañas, pero de un ratito en cada bar, eso es súper interesante. Hay algo que ya me acostumbré y me encanta pero que al principio no lo podía creer, que es que acá se usa mucho la barra: disfrutan de su cañita con su tapita parados. Eso es muy lindo, se genera esa cultura de bares y de estar en la calle que es alucinante. Desde el punto de vista gastronómico Madrid tiene mucha oferta, cada lugar tiene su color propio. La gente es amigable y nunca sabés cómo termina una noche en Madrid. Lo más lindo es que prácticamente llegás a todos lados caminando. Mis planes preferidos son ir al teatro, ir a ver bandas, y juntarme con amigos a tomar una cañita o un vinito. No soy muy de boliche, de disco o de eventos muy grandilocuentes.

¿Y qué es lo que más extrañás de Argentina?

—Desde el punto de vista de la idiosincrasia, del folklore y de la cultura, tener tantos amigos argentinos acá ayuda a extrañar menos, pero se extraña la familia, los amigos, los asados y las largas sobremesas. A la semana de haber llegado, cuando todavía no extrañaba nada, una amiga me dijo que a ella lo que le sirvió fue ejercitar el desapego, y a mí me pareció tan genial el concepto que lo adopté como bandera. Tiene que ver extrañar desde un lugar positivo y no melancólico. A veces este pragmatismo me sale bien y hay otros momentos en que no, pero me parece que está bueno estar contento de lo que estoy viviendo, sabiendo que allá mi familia está bien y que ya llegará el momento de darnos un abrazo.

En Madrid adopté el concepto de desapego: extrañar desde un lugar positivo y no melancólico.

¿Pensás volver?

—Pienso volver a Argentina pero no sé si a vivir. Yo me vine a Madrid seis meses y me terminé quedando hasta ahora dos años y medio. Me parece que está bueno ir viendo para no ponerse unas expectativas irrisorias. Mi sueño es ir y venir, estar varios meses allá y varios meses acá. Más allá de lo laboral, en los próximos meses voy a volver para ver a mi familia y a mis amigos, y quiero aprovechar para armar fechas con mi banda de allá que tanto extraño.