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Miguel Ángel Solá y el riesgo de los actores sin red

Con cincuenta años de trabajo casi ininterrumpido, Miguel Ángel Solá ha construido una de las carreras actorales más sólidas de Argentina y de España. Antes de volver a las tablas madrileñas con Doble o nada, obra que protagoniza junto a Paula Cancio, el argentino habló con Revista FlipAr sobre la cotidianeidad del inmigrante, las nuevas lógicas del mundo artístico y su concepción del teatro.

Texto: Pilar Muñoz
Fotos: Paula Aisenberg

¿Qué habría pasado si, en los noventa, Miguel Ángel Solá hubiese sido uno más del rebaño? ¿Si hubiese sido un actor que se limitaba a interpretar sus papeles? ¿Si hubiese “transado”? Quizás se habría quedado en Argentina y habría gozado de la estabilidad laboral que un artista de su categoría merece, sin incertidumbres ni preocupaciones.

Pero, a fines del milenio, Miguel Ángel Solá era de los que no se callaban y eso le trajo consecuencias indeseadas. “Era muy contestatario con respecto a los ladrones y a los criminales que ha habido en Argentina”, asegura hoy desde España, y recuerda: “Empezaron a amenazarme por las cosas que decía, pero el miedo fuerte me entró cuando amenazaron de muerte a mi hija María”.

María Luz Solá Oteyza, ahora poeta y cantante, por aquel entonces tenía apenas tres años. Y, como vivir con custodia permanente –eso le recomendaron al actor argentino desde la Embajada de España- era imposible para una pareja de artistas que vivía del teatro y de la radio, en 1999 la familia Solá-Oteyza decidió mudarse a Madrid.

Quizás, muy probablemente, aunque Miguel Ángel hubiese tenido una actitud más condescendiente ante la corrupción, la vida misma de todos modos lo habría llevado a España. Casado con la actriz madrileña Blanca Oteyza, él también tenía ADN hispano. Y la sangre, casi siempre, tira.

“Tanto la familia de mi madre como la de mi padre tuvieron que irse a Argentina en unas épocas duras para España, en las que ganarse el pan como actores era muy difícil”, cuenta acerca de ese camino inverso que habían hecho sus antepasados catalanes a partir de mediados del siglo XIX.

Hijo, nieto, bisnieto (y se podría seguir) de artistas, Miguel Ángel Solá pertenece a la novena generación de una familia de actores teatrales. Su bisabuela, Dolores Dardés, nació en España pero desarrolló una vasta carrera en Argentina, donde crió a sus dieciséis hijos, entre los que estaba Juana Tressols –abuela de Miguel Ángel-, que se destacó en la compañía de Margarita Xirgu. Eso por sólo nombrar a dos parientes.

Cuando llegaste a España, ¿ya tenías un nombre establecido o alguna certeza de que iban a salir oportunidades?

—Había hecho Tango (1998) –co-producción argentino/española nominada al Óscar– y El oro y el barro (1991), una serie que en Argentina se veía por Canal 9 y en España por Antena 3, que la pasaba a las siete de la mañana. Mucho nombre no tenía, pero algunos actores y gente de espectáculos habían oído hablar de mí. Después vino la directora Patricia Ferreira, que quería hacer su primera película en Galicia, y me contrató para Sé quién eres (2000). Ese fue mi arranque aquí. Inmediatamente hice Plenilunio (2000), de Imanol Uribe, y después fui encadenando varias películas.

Cuando llegué a España ya había hecho Tango (1998) y El Oro y el barro (1991), pero mucho nombre no tenía.

¿Cuál fue el trabajo con el que lograste mayor reconocimiento?

—Por lo que más se me conoció aquí fue por la obra de teatro Hoy: El diario de Adán y Eva, de Mark Twain. La habíamos hecho en Argentina durante cinco años y vinimos aquí y estuvimos otros cinco años más. En total, la vieron un millón quinientas mil personas. Después tuve un accidente muy grave y cuando fui saliendo hicimos Por el placer de volver a verla (2009). Luego tuve otro accidente y el trabajo acá ya se me cortó bastante, se fue discontinuando…

Entre 2015 y 2019 viviste en Argentina junto a tu actual pareja –la actriz española Paula Cancio- y volviste a los teatros con una nueva versión de Hoy: El diario de Adán y Eva (…) y con Doble o nada. ¿Sentiste en algún momento esa morrinha de la que hablan los gallegos? ¿O esa cosa de “no soy de aquí ni de allá”?

—Yo fui criado y me formé en otra Argentina. Ya no siento vínculo con la Argentina de hoy, cada vez me voy desvinculando más. Éramos otro sueño; queríamos una vida mucho más importante, más lúcida y sensible que la que ha aparecido en estos últimos años. La verdad es que no siento morrinha, pero sí siento nostalgia de Argentina cuando estoy en Argentina, cuando la camino y cuando la recuerdo.

Ya no siento vínculo con la Argentina de hoy, cada vez me voy desvinculando más.

Y cuando estabas en Buenos Aires, ¿no extrañabas Madrid?

—No. Aquí, ante cualquier cimbronazo que se produce, sos extranjero; no sos de aquí y eso se hace sentir. Aunque tengas tu ciudadanía, pagues hacienda rigurosamente y hagas todo lo que tenga que hacer una persona decente, siempre sos de afuera. Además, tenés que acostumbrarte a muchas cosas que son diferentes. En Argentina los que se hacen amigos te abren la puerta al primer día, te dicen «vení a comer». Acá pueden pasar años sin que nadie te invite a su casa.

¿Qué otras cosas extrañás de tu país?

—De Argentina extraño mucho las conversaciones. Nosotros nos levantábamos a cambiar el mundo todos los días y eso implicaba sentarse en el bar a charlar de historia, geografía, lo que fuere. Aquí te podés encontrar en un bar pero es muy difícil que penetres en la intimidad de una persona, yo no he llegado… Sí con amigos argentinos que están aquí, por lo general somos mejores afuera que adentro del país. Pero con conocidos españoles no, es difícil elevarlos a la categoría de amigos.

En España te podés encontrar en un bar pero es muy difícil que penetres en la intimidad de una persona.

En los ochenta formaste parte de «La Típica en Leve Ascenso», un colectivo que buscaba renovar el mundo del arte. ¿Ves algo similar en la actualidad, que busque cambiar un poco los aires?

—La cuestión no es cambiarlos sino sumar posibilidades para que la gente tenga elección. No se debe borrar nada para que se escriba otra cosa: lo que no le sirva a la gente se borrará solo, y eso puedo ser yo mismo. Lo que hay que hacer es seguir proponiendo. Estamos en una época en la que el teatro, el arte de actuar, la primera de las artes vivas, se ha transformado en algo aparentemente innecesario, en una molestia para las plataformas políticas. Los medios son manipulados como se le da la gana a cualquiera de los que están en el poder y es fácil borrarnos del panorama.

Miguel Ángel Solá y Paula Cancio en Doble o nada

A pesar de ser crítico ante las deficientes –o nulas- políticas culturales, Miguel Ángel Solá sigue apostando al teatro y regresa a las tablas con Doble o nada, la obra que protagoniza junto a Paula Cancio. Es un texto de la mexicana Sabina Berman que la pareja ya ha hecho en varias oportunidades. La primera fue en España, entre 2014 y 2015, bajo el nombre de Testosterona.

A los artistas el título no les terminaba de convencer porque no era representativo de la historia y, lejos de atraer público, lo ahuyentaba. “Así se publicitaban los espectáculos de strip boys en Argentina, ¡y yo no estaba para hacer strip-tease!”, se ríe Solá, desde su casa madrileña, en el barrio de Las Letras.

Por eso, en 2017, antes de hacer la obra en el Teatro La Comedia de Buenos Aires, charlaron con la autora y decidieron rebautizarla como Doble o nada. Así se presentó también en 2019, en el Teatro Regina, donde el público argentino pudo disfrutar de una pieza que gira en torno a la discusión entre el director de un medio de comunicación y la candidata que quiere reemplazarlo.

“El espectador va cambiando de postura cada cinco minutos, primero tiene ganas de que gane uno y luego, ganas de que gane el otro”, señala Solá acerca del gran compromiso que toma el público en cada función, y agrega: “Y se ríe de nervios, es un humor negro, sarnoso, que pica y que hoy está casi prohibido”.

Doble o nada aborda la desigualdad de género en un momento en el que se están logrando muchas conquistas en materia de derechos gracias a la lucha feminista…

—La obra se escribió cuando todavía no se habían pronunciado el #MeToo, Ni Una Menos, Violencia Cero ni ninguno de esos movimientos que hoy invitan a denunciar a quienes transgreden las formas de convivencia humana. Ninguno había explotado, entonces hubo que incorporar todos esos datos. Es una obra que permite ir modificándola a medida que las circunstancias invaden el terreno de la realidad.

Esas modificaciones de texto seguramente doten a la obra de una gran agilidad…

—Invita permanentemente a la improvisación. El actor invade el espacio que quiere invadir con el personaje, en el momento en el que van ocurriendo las situaciones. Se transforma así en una obra experimental. Es un constante devenir, sucede aquí y ahora, y nunca más se va a repetir: aunque vayas tres, cinco o siete veces, siempre hay algo distinto. Y eso lo hace pan recién horneado, no concibo el teatro de otra manera. Es un juego en el que uno está apostando a que no se va a equivocar, a que está siguiendo las órdenes expresas no de un director –en este caso Quique Quintanilla–  sino del espíritu del personaje.

Doble o nada invita permanentemente a la improvisación, es un constante devenir, sucede aquí y ahora.

Hace poco publicaste una carta abierta en la que hablabas de la falta de trabajo y de que hoy en día todos los papeles son para los artistas jóvenes. ¿Qué podrías aportar vos, con tus cincuenta años de trabajo, si te convocaran para una serie como Élite o La Casa de Papel?

—Que el espectador entienda lo que está contando el personaje, lo que está sintiendo y lo que está pensando. Porque, con esta cosa de teñir todo con una máscara de realidad –que va mucho más allá de la máscara y termina siendo una mueca de la realidad-, a la mayoría no se les entiende ni lo que dicen, ni lo que sienten, ni lo que piensan. Pero bueno, esas son cosas de viejo que necesita entender…

¿Cómo te nutrís de tu hija mayor, que es artista y veinteañera?

—Es muy bonito el vínculo con María. Somos generaciones muy diferentes: ella tiene veinticinco años y yo, setenta. Pero, con el tiempo, te das cuenta de que pasaste por las mismas cosas y, además, las dejaste escritas. Ahora estamos preparando juntos un espectáculo. Tenemos ganas de presentar esta experiencia de haber estado tanto tiempo separados, en forma de canciones y poemas. Empezamos a escribirlo cuando ella estaba aquí y yo, en Buenos Aires. Tiene humor, tiene emoción y tiene eso de desnudar el alma ante la gente. La poesía es una forma de strip-tease muy particular.

La poesía es una forma de strip-tease muy particular.

¿Qué diferencias encontrás entre esta época y cuando empezaste en el mundo actoral en cuando a las oportunidades laborales?

—En nuestra época había una lupa sobre cada uno de nosotros, pero por el mérito que significaba nuestra forma de trabajo y de trasladarlo a la gente. Ahora todo depende de la cantidad de seguidores que tenés. En la televisión, las ficciones se miden al segundo y ponen a un personaje o levantan a otro de acuerdo a los seguidores. No es que la historia vaya conmoviendo y condicionando a sentir y a pensar con los personajes, basta que se dé la cosa absolutamente digerida. No importa que sean almas divididas, no importa que los personajes sean iguales al anterior y al anterior…

Pero aún hay un público que se conmueve con el arte genuino, ese que sale del alma, y que sigue apostando a obras como Doble o nada

—Yo creo que siempre habrá gente que guste del buen actuar, de las buenas obras de texto y de lo que es el vértigo, el riesgo de los actores sin red.

 


Doble o nada puede verse, a partir del 23 de enero, los sábados y domingos a las 19:30, en la sala 2 de Teatros Luchana. Con la interpretación de Miguel Ángel Solá y Paula Cancio, dramaturgia de Sabina Berman y dirección de Quique Quintanilla. Entradas disponibles aquí.

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