Sergio Makaroff

SERGIO MAKAROFF: “Me cuesta tomarme las cosas en serio y eso se refleja en las canciones”

Durante el confinamiento, mientras trabajaba en el que será su noveno álbum, el músico y compositor argentino Sergio Makaroff respondió con su característico sentido del humor al llamado de FlipAr, desde Barcelona.
Con un camino recorrido en el periodismo, el mayor de Los Hermanos Makaroff es un militante obseso de la gramática y de la escritura –prefiere “ser un viejo gruñón” antes que aceptar un error ortográfico-, así que transcribimos cada una de sus respuestas, en las que habla de sus inicios musicales en Buenos Aires, de su llegada a España –donde vive desde fines de los setenta-, de su relación con Alejo Stivel, Ariel Rot y Andrés Calamaro, de su hija –la artista e influencer Miranda-, de la vida del rockstar y de la cuarentena.

Texto: Pilar Muñoz
Fotos: archivo del músico

En “Vacaciones en la Tierra” (Un hombre feo, 1997), decías que venís “de mucho más lejos que Argentina”. ¿De dónde venís y cómo surgió tu interés por el arte?

—Provengo de Buenos Aires, de padre ingeniero industrial y madre bioquímica.
Todos los chicos son artistas; muchas  veces eso se pierde al crecer… pero en mi caso no.
El advenimiento de los Beatles, Rolling Stones, Kinks, etc. marcó mi destino.
Aunque ya había descubierto la música pop y el baile -¡el twist!- y compraba discos, fue en ese momento cuando mi vocación quedó determinada, sellada y envuelta para regalo.
Estudié teatro, guitarra, canto, tomé clases de zapateo americano y también de danza clásica (con la mítica Marcia Moreto), trabajé en Cronopios y La Bella Gente como periodista, acudí a las pruebas de la comedia musical Hair donde canté la primera canción que había compuesto, me tomaron, después formé un dúo con mi hermano Eduardo –Los Hermanos Makaroff- que más tarde se convirtió en quinteto (junto a Juan Carlos Tordó, Gustavo Donés y Claudio Durán), grabamos el “Rock del ascensor”, tocamos en el Luna Park abriendo para Crucis y en el Festival del Amor de Charly García en el mismo estadio…
Obviamente me dejo el 99% en el tintero.

Con el advenimiento de The Beatles, The Rolling Stones y The Kinks mi vocación quedó determinada, sellada y envuelta para regalo.

Los Hermanos Makaroff (Sergio está a la izquierda y Eduardo, a la derecha).

¿Por qué decidiste irte a vivir a España?

—La dictadura de Videla me produjo muchas ganas de emigrar; mis amigos Ariel Rot y Alejo Stivel se habían venido a España en 1976, donde formaron el grupo Tequila, que triunfaba por todo lo alto y cantaba algunas canciones mías.
Y entonces en 1978 me vine para aquí.
Desde entonces vivo en Barcelona.

Tu versión de “Mil horas” –incluida en el disco La buena vida (1987)- fue una de las primeras conexiones que España tuvo con la obra de Andrés Calamaro, quien luego en los noventa se hizo ultra popular a partir de Los Rodríguez. ¿Cómo fue tu relación con los músicos argentinos instalados allá?

—Los Hermanos Makaroff tocábamos habitualmente en el café concert Kartucho’s y Calamaro era un adolescente que venía a vernos.
Así nos conocimos.
Cuando decidí venirme a España vendí mi parte de los equipos y Andrés me compró un ampli Vox. Se lo llevé a su casa y lo probó. Me acuerdo que pensé «¡cómo toca este pendejo!». Al poco tiempo me llamó Beto Satragni, que andaba buscando tecladista para lo que luego fue Raíces. Me acordé del joven prodigio y se lo recomendé. Me fui del país y me olvidé del asunto. Ya instalado en Barcelona tenía el cassette Vasos y besos (1983) de Los Abuelos de la Nada y mi tema favorito era «Mil horas». Un día me tocaron el timbre y eran Andrés y Andy Cherniavsky. Mi hermano les había dado mi dirección y ahí me enteré de que le había ido bien con Raíces, que había pasado a Los Abuelos y que «Mil horas» era suyo. Cuando pude lo grabé porque me encanta.
A Ariel lo conocí a través de Alejo Stivel, creo que en 1975.
Desde entonces compusimos muchos temas juntos y colaboramos en nuestros mutuos proyectos.
Los músicos argentinos en España gravitamos naturalmente los unos hacia los otros.
Yo también, aunque tuve mucho cuidado de no encerrarme en el gueto argento.

Los Hermanos Makaroff tocábamos habitualmente en el café concert Kartucho’s y Calamaro era un adolescente que venía a vernos.

En 2007, en una carta de opinión que publicaste en la Revista Efe Eme, te referiste a vos mismo como un “sudaca rockero con bastante calle”. ¿En algún momento te sentiste juzgado en España por ser inmigrante? ¿Hay algún estereotipo demasiado instalado del argentino?

—No recordaba haber dicho eso de mí.
Me encontré con ciertas dosis de prejuicios por ser argentino, sobre todo en los primeros años, cuando el contingente gaucho era muy nutrido y muy notorio.
Con el tiempo me di cuenta de que en realidad se referían a los porteños: ególatras, cancheritos y parlanchines.
Como yo era así, no pude protestar demasiado…
Al final creo que me adapté a la idiosincrasia catalana, que es bastante opuesta.
Por ejemplo, aquí se considera preferible parecer tonto que pasarse de vivo: un contraste considerable.

Dando vuelta la pregunta anterior, ¿qué preconceptos tenías de los españoles cuando partiste de Argentina y con qué te encontraste? ¿Qué nos hermana, más allá de la historia y el rock?

—Creía que serían como Manolito de Mafalda: almaceneros un poco básicos, por no decir brutos.
Por suerte me equivoqué.
España es un país próspero con una democracia consolidada: venirme fue un gol de media cancha.
Hay que decir que las diferencias entre un navarro y un andaluz, por ejemplo, son mayores que las que hay entre un jujeño y un fueguino.
La principal barrera que encontré, curiosamente, fue el idioma, y no me refiero al gallego, vasco o catalán, que son lenguas aparte.
Al ser letrista y periodista, sufrí un poco hasta que me familiaricé con el castellano español, con todos sus giros y modismos.
Por eso mismo puse énfasis en no caer en el gueto argento.
Al principio extrañé los alfajores Havanna pero, al haber tantos compatriotas, enseguida abrieron negocios con todos los ítems de la nostalgia: yerba, mates, bombillas, Tita, Rhodesia, Cabsha, ponchos, boleadoras, etc.; años más tarde llegó a haber dos cafés Havanna en Barcelona.
Lo que hermana a españoles y argentinos es ser personas y vivir en la Tierra.

España es un país próspero con una democracia consolidada: venirme fue un gol de media cancha.

En “Color en el blanco” reivindicabas la costumbre epistolar en tiempos de fax y decías que, aunque no tuvieras nada para contar, te gustaba escribir. ¿Cómo te llevás con las nuevas herramientas digitales y qué costumbres analógicas te gusta mantener, por más de que parezcan obsoletas?

—Uso las nuevas tecnologías como todo el mundo.
No podría vivir sin el móvil (celular).
Me jode que la mayoría de la gente haya aprovechado la invención de la computadora y el móvil para escribir mal y pronto –más concretamente como el orto- en un alarde de fiaca mental imperdonable.
Es algo a lo que no me puedo resignar.
Perdí muchos «amigos» en las redes sociales por mi intolerancia al respecto: no los extraño.
Prefiero ser un viejo gruñón que aceptar lo de «haber si nos vemos».
Sigo eligiendo escribir a mano y con estilográfica; el sonido de la pluma rozando el papel resulta erótico y estimulante.

Hacia 2015 tenías a cargo la sección “Gigantes y molinos” de Efe Eme, y en una de tus entregas confesás: “Salto de estilo en estilo y me jacto de la amplitud de mis gustos musicales. Pero con una mano en el corazón me pregunto… ¿Soy de verdad tan abierto de coco?”. ¿Cómo vivís este contexto histórico marcado por la deconstrucción, tanto en temas sociales –igualdad de género, inclusión social, etc.- como en lo artístico –los músicos les escapan cada vez más a los rótulos que sólo los encasillan-?

—Con los años llegué a considerarme el mejor disc-jockey del mundo… para mí mismo.
Mi lista de favoritos incluye a artistas nuevos y viejos, conocidos y desconocidos: NRBQ, Post Malone, The Gourds, Joe Cuba, Rumer, Georgie Fame, Ron Sexsmith, Blossom Dearie, Naughty by Nature, Zeca Pagodinho, Jim Lauderdale, Alcione, Sir Douglas Quintet, Lucibela, Kali Uchis, Nick Lowe, Cathy Claret,  Os Originais do Samba, Pokey Lafarge, Mina, Chris Montez, Bob Wills, Cal Tjader, Cáceres, Kacey Musgraves, Mart’nália, Mavi Díaz y Las Folkies, Niña Pastori…
Las canciones -después de tantos años- siguen siendo mi forma artística preferida.
Las canto, las bailo, las escucho y las compongo.

En tu obra apostás al humor de manera perspicaz y, en algunas canciones –como “Master of the Universe”- resulta inevitable relacionarla al tipo de prosa del grupo uruguayo Cuarteto de Nos. ¿Creés que el uso de la ironía caracteriza al artista rioplatense?

—Soy un amante de la música uruguaya en general, desde Zitarrosa y Los Olimareños hasta Jorge Drexler, pasando por Los Shakers, Rubén Rada y La Vela Puerca.
El humor es algo universal, más allá y más acá del Río de la Plata.
Creo que la existencia, con su misterio, su miseria y su grandeza es una gran broma cósmica.
Me río de casi todo no por un planteamiento teórico previo sino porque sí: es lo que me sale naturalmente, me cuesta tomarme las cosas en serio.
Eso se refleja en las canciones, claro, pero sin proponérmelo.
Compuse algunos temas humorísticos pero, por lo general, el humor se cuela en las letras como extensión de mi manera de estar en el mundo.

El humor se cuela en las letras como extensión de mi manera de estar en el mundo.

Se nota que tu hija Miranda comparte ese sentido del humor y resulta inevitable suponer que se crió en un ambiente de mucha libertad: su personalidad extrovertida atraviesa la pantalla en cada uno de sus posteos y se refleja también en sus obras de arte y en su estilo personal. ¿Cómo es tu relación con ella y de qué manera se nutren uno del otro?

—Miranda es una influencer atípica.
Aunque el punto de partida es la moda, su enfoque la diferencia de las demás.
Es loca, payasa, atrevida, desenfadada, polémica, un corso a contramano, un terremoto de policromía volcánica.
Además es pintora, tiene su propia línea de ropa, diseña estampados para otras marcas, es estilista…
Estudió teatro pero las vueltas de la vida y un destino manifiesto la llevaron a destacar primero como it girl, después como bloguera y finalmente como influencer polifacética.
La veo poco, viaja constantemente por el mundo, sobre todo por los lugares más apetitosos.
Como digo siempre, heredó la inteligencia de su madre y la belleza de su padre.

Miranda Makaroff es loca, payasa, atrevida, un corso a contramano, un terremoto de policromía volcánica.

¿Cuál era tu plan cuando empezaste con la música? ¿Hubo veces en las que “la estrella de rock se estrelló contra una roca” pero ese golpe sirvió para tomar impulso?

—Mi plan era ser una estrella de rock.
Un plan infantil, ya que era un pibe que jugaba a ser Beatle y Stone poniendo los discos y bailando frente al espejo, peinándome con flequillo y soñando con miles de fans ansiosas por entregarme sus cuerpos y sus almas.
Eventualmente me estrellé contra una roca, pero no por falta de canciones y algunas chicas proclives sino por las drogas.
Entre los ochenta y los noventa tuve unos diez años que yo llamo negros, de bajón absoluto, siempre borracho, en la lona, gastando el poco dinero que ganaba en drogas cada vez más duras y componiendo pocas canciones.
Toqué fondo en 1994 y logré resurgir de mis cenizas casi milagrosamente.
Llevo desde entonces sin probar el alcohol ni las demás drogas; también dejé de fumar, me apunté a un gimnasio (¡y fui y sigo yendo con disciplina espartana!) y cambié la dieta.
Como resultado de esos cambios tan drásticos, estos últimos veintiséis años son, sin lugar a dudas, los mejores de mi vida.

Toqué fondo en 1994 y logré resurgir de mis cenizas casi milagrosamente; estos últimos veintiséis años son los mejores de mi vida.

“El cuerpo me lo pide a los gritos, tengo un esqueleto vacilón, si hay algo que mis huesos no toleran es demasiado tiempo en un sillón”. Si bien es una frase que publicaste hace más de veinte años, no cuesta imaginarte como una persona inquieta. ¿Cómo llevaste el confinamiento y qué descubriste de vos mismo?

—Me gusta estar en casa, no noté demasiado la cuarentena.
Bailo, compongo canciones, boludeo en la red, leo, miro los pajaritos.
No voy a internar a los lectores contándoles lo que descubrí en mi periplo interior.
Me caen demasiado bien para someterlos a semejante castigo.
Les digo solamente que divisé la sombra de una criatura abyecta asomando temblorosa entre los pliegues de mi alma.
¿Quieren saber más?
No se los recomiendo.

Este tiempo de aislamiento te debe haber servido para avanzar en algún proyecto pendiente… ¿Nos podés adelantar si estás trabajando en algo nuevo?

—Buenas noticias para la barra brava makaroffiana: voy bastante avanzado en lo que será mi noveno álbum y estoy componiendo las canciones para el décimo.
¡Salud!